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Haití: Pasado, Presente y Futuros Desafíos


Por L. RAMFIS DOMINGUEZ-TRUJILLO
El pasado 6 de Junio, en un hecho histórico, el gobierno haitiano vedó la importación de productos avícolas dominicanos, alegando una posible contaminación con la gripe aviar. Hoy la prohibición sigue vigente muy a pesar de las súplicas de los funcionarios dominicanos, quienes incluso viajaron para rogarle al gobierno haitiano que levantara esta restricción, y de que la Organización Panamericana de la Salud certificó que nuestros productos estaban libres de contagio.
El Presidente Medina se reunió en Managua, Nicaragua durante la Cumbre de Petrocaribe, con el Presidente Martelly para discutir este tema. El resultado, sin embargo, en nada se ajustó a los fuertes pronunciamientos de nuestro primer mandatario solo días antes de este encuentro. 
El Presidente luego afirmó que su colega haitiano le había admitido que la veda se debía más bien a razones comerciales. 
En este, el  más reciente capítulo de las complejas relaciones dominico-haitianas, es evidente que existen grandes desavenencias, contradicciones y artificios, y más allá de ser una simple ofensa diplomática o mercantil, esta situación resulta ser una vergüenza de incalculables proporciones para nuestra tan abatida imagen.
Este lamentable suceso también nos hace encarar, una vez más, los problemas limítrofes con Haití y la necesidad ineludible de solucionar lo que es para la República Dominicana, una condición altamente perniciosa, que pesa de manera colosal sobre nuestros recursos, nuestra seguridad, nuestro desarrollo, y nuestra soberanía.
El origen de nuestras diferencias con el país vecino no es reciente. Data de tiempos pretéritos, cuando en 1801, nuestra patria cayó víctima de la primera invasión del país vecino a manos de Toussaint Louverture, quien se convirtió en el máximo líder de la isla de Española. Esto, en franca violación al Tratado de Basilea de 1795 y las delimitaciones fronterizas acordadas en el Tratado de Aranjuez en 1777.
Este brutal azote fue el estreno de una retahíla de agresiones haitianas entre las que cabe destacar el Degüelle de Moca y Santiago de 1805, donde perecieron miles de dominicanos, muchos degollados y decapitados por sus verdugos, las tropas del general haitiano, Henri Christophe. (Un dato algo patético es que el nombre de este sayón fue honrado como titular de la universidad que el pueblo dominicano le obsequió al pueblo haitiano, en una iniciativa del gobierno del Presidente Fernández).
Luego de insistentes provocaciones bélicas del vecino país, el evidente desinterés de los colonos españoles y la escuálida declaración de independencia del ex capitán y escritor José Núñez de Cáceres, entre otros factores más, culminaron en la subyugación de nuestro pueblo al dominio haitiano durante 22 años, con la ocupación militar de las fuerzas dirigidas por Jean Pierre Boyer en 1822. 
El 27 de Febrero del 1844, los esfuerzos de la sociedad secreta denominada como La Trinitaria, logró romper las cadenas de esclavitud a la que nos habían sometido, con la toma de la Fortaleza Ozama y el legendario trabucazo que nos otorgó finalmente, nuestra soberanía.
Sin embargo, nuestra independencia se vio continuamente amenazada por las fuerzas agresoras de Haití, realizando estas cuatro diferentes campañas en territorio dominicano en el 1844, 1845, 1849, y 1855. Es importante señalar que pese a las derrotas a manos de las fuerzas dominicanas que lograron consolidar nuestra independencia, la Constitución haitiana fue modificada en 1867, eliminando en esta ocasión, la cita que decretaba: “la isla es una sola e indivisible”. Esta frase fue sustituida por la disposición que afirma: “El territorio de la República de Haití es inviolable y no podrá ser enajenado por ningún tratado”, en esencia expresando el mismo sentimiento de su peligroso antecesor.
A pesar del cese a las invasiones belicosas del país vecino y después de la anexión a España en 1861, se generalizó la práctica de bandas de delincuentes haitianas mejor conocidas como merodeos, que invadían el suelo dominicano para robar ganado y realizar todo tipo de fechorías, luego regresando a Haití con su botín. 
Por otro lado, nuestro país pasó a ser víctima de la permanente irrupción pacifica de emigrantes haitianos. La amplitud y el ímpetu de esta flemática y parsimoniosa migración y sus efectos nocivos sobre nuestra sociedad y nuestra soberanía, exigió en 1929 la suscripción del Tratado de Delimitación de Fronteras durante la gestión del Presidente Horacio Vázquez, acuerdo que así fue interrumpido por Haití.
En 1934 funcionarios del gobierno del Presidente Trujillo retomaron las negociaciones de este acuerdo, que resultaron en el convenio del 1936, que dispuso del protocolo para la construcción de una carretera internacional. Se dio inicio al programa de “Dominicanización de la Frontera” para iniciar la re-incorporación de la porción geográfica dominicana que se había cedido involuntariamente ante la perpetua penetración y ocupación de ciudadanos haitianos. Pese al pacto convenido con el gobierno haitiano y los mejores esfuerzos de implementar una política estable de delimitación, los haitianos transgredieron lo convenido, continuando sus prácticas violatorias a nuestra soberanía, nuestro territorio y perjudicial para nuestro pueblo.
Es importante apuntar que, para el 1937, la invasión pacífica haitiana era una realidad imperante en nuestro territorio, una peregrinación avasallante que calaba vigorosamente por la zona fronteriza, donde regía la moneda haitiana, donde los “tap tap” envueltos en sus colores brillantes y chillones, circulaban como transporte local, donde se expandía el patuá, que se escuchaba por doquier, y donde el vudú se había convertido en la religión de predilección. 
También es importante señalar – por axiomático que resulte para muchos - que existen grandes diferencias geográficas entre nuestros países y colosales incompatibilidades en nuestras tradiciones, costumbres, cultura y demás.
Nadie debe abogar por repetir la conflagración fronteriza del 1937, pero lo cierto es que ha llegado el momento de actuar de manera determinante para rescatar a nuestra patria y a nuestro pueblo de las garras de la invasión pacifica haitiana. 
Es lamentable que todo el esfuerzo, las luchas incansables, y la sangre derramada desde los tiempos colonos, y con los que logramos consolidar nuestra soberanía, se hayan tirado por la borda tan irresponsablemente.
Debemos vivir en paz con nuestros vecinos, bajo regímenes de derecho, respetando siempre las normas internacionales convenidas para garantizar la integridad territorial de cada nación. 
Hoy sin embargo, vivimos amenazados asiduamente por las secuelas de tan desatinadas políticas fronterizas e incluso, hay corrientes siniestras y atrevidas, que hace ya un tiempo, patrocinan iniciativas de unificación para la isla, una propuesta descabellada y absolutamente repudiable.
Para resolver de manera categórica las diferencias y vicisitudes que padecemos en nuestra relación con el país vecino, se requiere una disposición firme, voluntad inquebrantable, copiosa imaginación, sagacidad diplomática, cordura, y sobre todo, un nacionalismo contundente e inalterable. 
No podemos permitir que desvirtúen lo que es una postura incuestionablemente pro-dominicana, con  recriminaciones de racismo o de anti-haitianísmo pues no es lo mismo ni es igual.
Como dominicanos, debemos velar primero y continuamente por nuestros intereses, y tomar las medidas necesarias y bien acertadas para defender nuestra integridad territorial y el bienestar de nuestros conciudadanos. Este es un derecho inalienable, fundamental, universal, y además, es nuestra responsabilidad patriótica.
Dominicanos, demos todo por la patria, incluso, hasta la misma vida.
¡Que viva por siempre República Dominicana!

LEA aquí: La Matanza de los Haitianos de 1937http://www.monografias.com/trabajos/mathaitianos/mathaitianos.shtml

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