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OPINION: El hijo de Vargas Llosa



Por RAFAEL A. ESCOTTO
La sentencia del Tribunal Constitucional dominicano sobre los inmigrantes ha desatado en el país una especie de demencia colectiva en áreas sensibles que afectan la racionalidad que se les reclama a personas a quienes se les atribuye la facultad de actuar en todo momento con la debida prudencia.
Una de esas sospechas en la que lo absurdo y lo precipitado ha sustituido a la lógica y a lo cauteloso, es la declaratoria reciente de persona no grata o no bienvenida contra Gonzalo Vargas Llosa, hijo del Premio Nóbel de Literatura Mario Vagas Llosa.
Si bien la locución “persona no grata” pertenece al campo de la diplomacia, como uno de los derechos exclusivo de un Estado, de acuerdo con el artículo 9 de la Convención de Viena del 23 de mayo de 1969 sobre Relaciones Diplomáticas, de la cual la República Dominicana es signataria, no es menos cierto que en el caso de la especie (Gonzalo Vargas Llosa) el Estado dominicano no debe dejarse utilizar por asunto de política o de una percepción particular que pueda tener una persona o grupo de personas sobre el espíritu de una sentencia cuyos considerandos y dispositivos de la misma están siendo objeto de serios debates en el marco de los derechos humanos.
Una declaratoria como la que se pretende contra el hijo de Mario Vargas Llosa, si el Estado dominicano llegara a darle reconocimiento a las presiones de grupos de ciudadanos, contra el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR) en el país, esta acción tendría la misma implicación como si se tratara de una declaración de guerra, aumentando de tal manera las tensiones diplomáticas entre las naciones, lo que va en contra de la paz que debe reinar en el hemisferio.
Sería imprudente decir que el joven Vargas Llosa, por ser hijo del Premio Nobel de Literatura y por el hecho de su padre haber hecho manifestaciones consideradas por algunos que hieren el sentimiento nacionalista del pueblo dominicano, que el Alto Comisionado de los Derechos Humanos ha cometido, sin haber incurrido en un delito de lesa humanidad en el país o en cualquier otra parte del mundo para merecer la calificación de persona no grata.
Incendiar, pisotear o apalear como se hizo en Santiago de los Caballeros el libro “La fiesta del Chivo”, escrito por Mario Vargas Llosa, se me parece mucho a la quema que hizo el califa Omar a la biblioteca de Alejandría, quien justificó esta acción con la siguientes palabras: “Si no contiene más que lo que hay en el Corán es inútil y es preciso quemarla; si algo más contiene es mala y también es preciso quemarla”.
Esta infeliz sentencia del Tribunal Constitucional también pretende alimentar fobia contra la novela “La fiesta del Chivo”. Si se abomina este libro debemos inferir que el pueblo de Santiago de los Caballeros excede sus emociones patrioteras contra la lectura y la literatura.
Tengo mis dudas de que por un debate limítrofe entre dos estados vecinos deban los ciudadanos de una parte hacer con el libro del afamado escritor peruano lo que hizo Julio César en 48 a.C., que quemó la biblioteca fundada por los Ptolomeo. Sin embargo, el militar y político romano no logró causarle el daño que pretendía a los Ptolomeos con la quema de la biblioteca fundada por estos últimos.
No quisiera yo en este trabajo pretender que la consideración de “persona no grata” contra el joven Vargas Llosa tenga igual connotación que la declaratoria que hicieron los turcos contra un grupo de altos oficiales del Imperio otomano a finales de 1938. En el caso de la República Dominicana, el representante del Alto Comisionado de los Derechos Humanos no ha hecho ninguna consideración que la que haya podido emitir como funcionario de la ONU en el país.
Al menos que con la novela “La fiesta del Chivo”, del prestigioso literato Mario Vargas Llosa, no se quiera también pretender proscribir esta obra, como se hizo en la Cuba de Castro en 1970 con la novela “Persona no grata” del autor chileno Jorge Edwards. Arrojar la novela del Premio Nobel peruano podría trasformar "La fiesta del Chivo" en lo que el poeta, escritor y ensayista mexicano Octavio Paz consideró que se hizo con la otra novela de Edwards y cit “Este libro, uno de los clásicos verdaderamente vibrantes de la literatura latinoamericana moderna, puede ser leído como testimonio o como obra de ficción. Su lenguaje es una amalgama de las virtudes mas difíciles: la transparencia con la inteligencia, la penetración mas incisiva con una sonrisa.”
Considero, finalmente, que el presidente Danilo Medina, como jefe del Estado, debe inhibirse en el caso de que llegara a su despacho una solicitud de la naturaleza que pretenden algunos sectores contra el Alto Comisionado de la ONU, Gonzalo Vargas Llosa, porque la misma es, a todas luces, una decisión improcedente y violatoria de la Convención de Viena, toda vez a que el señor Vargas Llosa hijo no ha cometido ni en la República Dominicana ni en otra parte del mundo ningún delito que pueda ser calificado como de lesa humanidad en el desempeño de sus altas funciones.

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