Por NASARQUIN SANTANA
Al comparar la evolución del escudo y del himno nacional dominicanos con los de Haití, sentiremos el latir de dos culturas diferentes asentadas en el diseño de sus respectivos trofeos de armas y en sus intenciones líricas. Veremos cómo desde su creación en 1844 hasta el presente, nuestro blasón ha preservado siempre los mismos elementos vinculados a la filiación cristiana de nuestro pueblo.
“Dios, Patria y Libertad, ha sido el lema que a partir de la fundación de la República, acuña nuestro escudo en el azul de ultramar de su encabezamiento. En su centro, debajo de la cruz latina, se remite a la Biblia abierta en el versículo 32 del capítulo 8 del Evangelio según San Juan, como si por medio del texto bíblico, los padres fundadores hubieran pretendido inculcarnos que sólo la verdad nos haría libres. Dios, cruz y biblia, son elementos que en conjunto operan en su diseño como termómetro del calor cristiano que arde en el alma colectiva dominicana; una filiación genuina a los principios morales dimanantes de su doctrina.
El despliegue de cañones, lanza y bayoneta; fusil, sable y trompeta, que reflejando la entendible disposición beligerante de los dominicanos de la época, aparecía en el trofeo de armas del primer escudo al nacer la República en 1844, desapareció de su diseño hace un siglo exacto, pudiendo interpretarse como un proyecto intencional más acorde con los postulados éticos del cristianismo y casi seguro con miras a reajustarlo al tono menos radicalizado adoptado en 1883 en la composición del himno de Emilio Prud’Homme respecto al de Félix María del Monte de aquel 1844.
De igual modo sucedería con el símbolo de la serpiente presente en aquella primera edición, donde el reptil engullía su propia cola en alegórica evocación a la perpetuidad de la evolución, empero prestada a la errónea interpretación de una inclinación fetichista incompatible con el cristianismo. Palmas y laurales en cambio fueron preservados para reforzar los símbolos vinculados a la fe, fijando así la visión filosófica de los fundadores que apuntala las ideas de inmortalidad de la Patria y de libertad como derecho supremo perenne.
En lo atinente al escudo nacional de Haití, fue muy distinto lo ocurrido, pues a diferencia del nuestro, su diseño no ha sufrido alteración alguna desde su adopción oficial en 1806. De modo que, tras más de dos siglos ha permanecido intacta la profusión de símbolos bélicos representados por hachas, lanzas y fusiles; cañones, municiones, trompetas y tambores, elementos centrales de una colorida simbología en su trofeo de armas. Ondea en el centro de su pabellón bicolor desplegando el lema “la unión hace la fuerza”, que tras el asesinato de Dessalines, izara en 1806 Petión en los predios del Palacio Nacional de Puerto Príncipe.
La bandera monárquica elevada en 1811 en el Reino de Haití, ondearía por nueve años exhibiendo la consigna “resurgiremos de las cenizas”. Componíase de sendas franjas del carmesí libertario y del negro insinuativo de la opción de muerte a la ausencia de libertad; colores que aunque preservando el escudo de armas vigente desde 1806, fueron los mismos adoptados por la dictadura Duvalier hasta desaparecer en 1986. Pese a que en sentido riguroso, el pabellón de Henri I no pertenece a la historiografía propia del lienzo republicano de Haití, permanece no obstante en su historia reflejando la misma idiosincrasia de su clase gobernante.
La intención lírica del primer himno dominicano, autoría de Félix María del Monte en 1844, concuerda con equivalente simbología guerrerista exhibida en el trofeo de armas del también primer escudo nacional del mismo año al nacer la República. Himno y escudo coincidían en la coherencia de expresar el sentimiento de exacerbación beligerante impuesto por el fragor de la lucha separatista de entonces. Dirige por tanto toda la energía anímica del autor para embestir en forma directa contra la obstinación imperialista del poder haitiano.
Es así como afectado por las secuelas de las incursiones militares vecinas, recurre en sus versos al denuesto de insolentes, fieras e impíos, siendo los cuatro de su primera estrofa una arenga genuina del acalorado fervor belicista predominante: “¡Al arma, españoles!/ ¡Volad a la lid!/ ¡Tomad por divisa/ “Vencer o morir”!”. Cuando el autor llama español al dominicano, casi seguro deseaba enfatizar el arraigo hispánico con el que intentara recalcar las diferencias culturales respecto al adversario. Desde una perspectiva religiosa, aborda el insalvable cisma cultural que a su entender divide a ambos pueblos, denunciando en forma textual la “profanación a templos y altares dominicanos, al pudor de la cándida virgen y a todo cuanto hay de sagrado en lo humano”.
La versificación inspirada en Prud’Homme, vigente desde 1883 a la fecha, logra luego mitigar el sobrecogimiento que late en la composición de Del Monte, traumatizado por la experiencia personal vivida. El tratamiento mucho más diplomático presente en su intención poética, provendría casi seguro de una disposición anímica mucho más sosegada fruto del distanciamiento temporal de casi tres décadas de la última campaña separatista y a causa de la virtual improbabilidad de invasiones inminentes.
De ese modo vemos cómo Prud’Homme recurre a la oblicuidad de un estilo magistral que concita semejante fervor patriótico al que imprime Del Monte en su canto, sin tener por ello que renunciar a la obligada alusión de Haití como único referente de independencia objeto del suyo. Puede comprenderse entonces, porqué la ilustración de Casimiro de Moya, procura en 1913 una simbología más afín en su escudo con la intención poética mucho más reposada insertada en el himno de Prud’Homme.
La canción nacional de Haití compuesta por Justin Lhérisson y Nicolas Geffrard en 1904 en ocasión del primer centenario de su independencia, se acopla en forma apropiada al mensaje proyectado en la simbología guerrerista de su escudo, mediante un correcto enfoque lírico que logra semejante coherencia a la que aportan los reajustes hechos en ambas piezas emblemáticas de la dominicanidad.
Sus cinco estrofas son la evocación reiterativa a los guerreros ancestros del pueblo haitiano implorando al “Dios de los valientes” que por la causa de la Patria, su guardia infinita tome sus derechos y sus vidas. En la última, despliega cinco versos en evidente conexión mística de un ayer presente en su psiquis; una época pretérita, que a decir del cántico, inspira su futur “Nuestro pasado nos grita: / “tened el alma aguerrida”/ morir es bello, morir es bello/ por la bandera/ por la Patria”.
Mackandal y Boukman podrían intuirse como genuinos entes representativos de aquellos ancestros evocados en esas versificaciones, quizás incluso del “Dios de los valientes” al que aluden. Del pasado inspirador que para el haitiano habita en ambos sacerdotes del vudú y precursores de su nación, podría provenir también aquel grito que le ordena mantener el alma aguerrida en el trayecto de su viacrucis.
Ancestros, padres, antepasados y pasado, son en la canción patria de Haití, vocablos equivalentes que se reiteran indistintamente en nueve ocasiones. Su recurrente invocación en cada una de sus cinco estrofas, refleja la intención patente de infundir en el haitiano un poderoso vínculo espiritual con el pasado. En su fondo poético parece subyacer el propósito esotérico de tender un puente hasta la conciencia del presente con el cordón umbilical de Mackandal. “De la tierra seamos dueños únicos”, es en un verso que en el himno nacional haitiano quiere decir mucho.

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