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OPINION: La sentencia como estrategia de fragmentación social



Por TOMAS GOMEZ BUENO
Alborotar el avispero internacional y profundizar la fragmentación de la sociedad dominicana, son  hasta ahora los logros más ostensibles de la sentencia 168/13 del Tribunal Constitucional. 
Este lamentable tajo que ahonda la zanja social que ha  marcado al pueblo dominicano a lo largo de su historia, no es un accidente ni una casualidad, sino que constituye lo que el  doctor  Alberto Binder (Caracas, Jan-Fev, 1991) ha calificado  como una  “estrategias de fragmentación”, que  transforma a la mayoría de  la sociedad en un conjunto de grupos aislados, que se declaran la guerra entre sí y adquieren una condición dual de víctimas y victimarios.
La sentencia 168/13, parida de las entrañas de los sectores más conservadores que medran agazapados alrededor y dentro del partido de gobierno,  como acto reflejo de complejo contenido ideológico y  en su función de reproducción y justificación de la  desigualdad social en la  que vivimos,  ha devenido en ser el elemento más desestabilizador y perturbador que ha tenido que enfrentar el presidente Medina. 
Los prohijadores de esta sentencia han manejado el concepto “soberanía” como un motivo histórico-emocional para generar adhesión y fragmentar las fuerzas sociales que vibran a lo interno de nuestra nación.  De este modo, de acuerdo a la teoría del doctor Binder,  se evita la construcción de mayorías hegemónicas y se condiciona de un modo estructural a la democracia, evitando que se convierta en una democracia transformadora.
Tenemos un sentimiento de soberanía furibundo,  marcado por una emotividad  rayana  en lo irreflexivo. Tenemos  una “soberana” corrupción, la que aceptamos de forma impávida y sumisa.  Tenemos una “soberana” y oprobiosa desigualdad social y ni siquiera nos indignamos. Tenemos un “soberano” desorden vial con  un elevadísimo costo en vidas y bienes y no logramos  concertar una voluntad colectiva que vislumbre un cambio en la forma de desplazarnos por nuestras calles y carreteras.
En  nuestro caso particular esta estrategia de fragmentación social funciona como  un mecanismo  con  el que se trata de confundir el problema migratorio de la República Dominicana en  relación a Haití, con la composición actual  de la población nuestra que ha surgido de un trasiego irregular  auspiciado por nuestros gobiernos junto a terratenientes,  empresarios, grandes constructores y otros sectores poderosos, que hoy confabulados con sectores políticos diversos,  pretenden desconocer una realidad que ellos mismos se encargaron de construir. El problema migratorio  tiene que ver obviamente  con nuestra soberanía;  pero los hijos de extranjeros nacidos y criados aquí constituyen un  problema de derechos humanos, que podemos y debemos resolver sin menoscabo  de nuestra soberanía.  
La teoría de la sociedad fragmentada como mecanismo y estrategia de opresión de la clase dominante  se verifica cuando a  los grupos de  patriotas vociferantes se les hace creer que  sus problemas no los ha originado una élite manipuladora  que se ha apropiado, a través de la política y del ejercicio del poder,  de los beneficios que ellos están llamados a disfrutar. A estos  patriotas, se les hace percibir que  el mal  se origina en otros, por desgracia tan deprimidos como ellos mismos.
Esta sentencia solo beneficia de forma relativa a las élites poderosas dominicanas y haitianas en perjuicio de una  enorme población empobrecida que desde ambas naciones debe encontrar caminos más auspiciosos y esperanzadores. Ante esta estrategia  que usa sus mecanismos  para dividir la mayoría,  explotarla y enriquecerse,  la propuesta  es discernir estas estratagemas del poder,  compactarnos todos en un encuentro solidario  y encontrar vías para la construcción de una democracia transformadora, plural y participativa.
Ante la  evidente fragmentación  de la sociedad dominicana y las notorias limitaciones  para provocar políticas sociales que favorezcan a los sectores económicamente más deprimidos y en condiciones de vida inhumana, es oportuno el  momento para  un soberano clamor de unidad que nos aliente como nación,  que nos impulse  a implementar las verdaderas iniciativas  que  hacen grandes a las  naciones.
Ante esta alharaca social cargada de grises presagios y en un momento en que las élites  están jugando a la fragmentación social, no viene mal que todos recemos con Pedro Mir como un credo solidario:  “Después no quiero más que paz. Un nido de constructiva paz en cada palma. Y quizás a propósito del alma el enjambre de besos y el olvido”.

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