Por ANDRES L. MATEO
Leonel Fernández acaba de descender a la tierra. En su artículo del lunes pasado titulado “El poder y el liderazgo entre puestos y sobresitos” le dedicó la parábola del sobresito amarillo al Presidente Danilo Medina. Leonel narra una visita a Dajabón durante la cual uno de sus ayudantes repartía dinero en sobresitos amarillos, y la multitud lo seguía enardecida. Mirando la escena, el chofer de su vehículo le dij “Presidente, usted ha visto cómo el compañero Pedro se ha convertido, de repente, en un líder (…). Mire como toda esa gente se vuelca hacia él”. Leonel narra que le preguntó al chofer si creía que esa multitud estaba aclamando a Pedro, quien repartía los sobresitos con dinero, y como el chofer dijo que sí, propuso que le entregaran los sobresitos a otro compañero dirigente provincial del PLD a ver qué pasaba.
Entonces Leonel Fernández desenrolla el nudo parabólico “Efectivamente así ocurrió, la muchedumbre rápidamente abandonó a Pedro (el que antes repartía los sobresitos), y se desplazó hacia el compañero Reyes (el que estaba repartiendo ahora el dinero), quien se vio rodeado de la eufórica muchedumbre que hacía sólo un instante revoloteaba en torno a Pedro. (…)” Qué tal, qué le parece? Mire al gran líder que en cuestión de segundos se ha convertido el compañero Manuel Reyes, ahora encargado de repartir los sobrecitos”.
Como proceso de razonamiento, la parábola deduce por comparación o semejanza, una verdad trascendente o una enseñanza moral. Jesucristo la empleaba con frecuencia para ilustrar al discipulado. Casi se puede decir que fue mediante la parábola que Dios rompió su silencio. ¿Qué quiso decir Leonel Fernández con la parábola del sobresito amarillo? Simplemente que quien reparte el sobresito con dinero es el líder. Nuestros conceptos están formados por inducción, y el universal concreto de esta parábola es lo que le está ocurriendo a él. Su liderazgo era incandescente, invencible, mientras era él quien repartía el sobresito. Ahora los sobresitos los reparte Danilo Medina, y por una elipsis de la lógica formal, encarna un liderazgo. Pero no, es líder porque el poder del sobresito amarillo domestica la voluntad. Danilo Medina lo derrotó, pero no constituye ningún liderazgo real, sólo hasta tanto controle el presupuesto y pueda moldear la precaria y falible naturaleza de un país hundido en la miseria moral y material.
Y si al principio de este artículo dije que Leonel Fernández acababa de descender a la tierra, es porque esta parábola arrastra su propia desnudez. A partir del año 2008 él usó el Estado como herramienta electoral, y se desbocó de manera incontrolable en materia fiscal, para construir un poder con vocación de eternidad. En el 2012 la característica del gasto se aceleró orillando el suicidio fiscal, y los gastos corrientes crecieron un 34.6% con relación al mismo periodo del 2011. Después que Danilo Medina fue electo, gastó más dinero en su propia promoción, que todo el que se invirtió en la campaña. El déficit fiscal que ahora nos sacan de las costillas, tenía un componente enteramente personalista, atribuible a la megalomanía de Leonel Fernández. Y no fueron únicamente los “sobresitos amarillos”, sino que también repartió el Estado, usó la corrupción como cemento invisible de su régimen, e hizo que sus panegiristas lo esculpieran como un Dios agobiado alejado del asco existencial.
La parábola del sobresito amarillo intentaba denigrar el liderazgo de Danilo Medina, pero es, también, la autobiografía de Leonel Fernández escrita por Leonel Fernández. “Mire al gran líder que en cuestión de segundos se ha convertido el compañero Manuel Reyes, quien ahora reparte los sobresitos”- le dice Leonel a su chofer. Y ese cuadro es directamente proporcional a Danilo Medina y a él, e incluso a Joaquín Balaguer quien no creía más que en el poder de la nómina pública y el presupuesto. “Miren al gran líder, Leonel Fernández, sin el poder del Estado, chupándose el trago amargo de la derrota, relativizando el liderazgo de Danilo Medina porque le dio a tomar de su misma medicina, y dizque escribiendo parábolas morales que le disminuyan padecer la negatividad de la experiencia”.
¡Oh, Dios! La esperanza es otro anhelo, y yo confío que lo injusto no sea la última palabra. La única vía para acceder a la verdad en nuestro país, es castigar el cinismo.

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