Los números del horror de los fines de semana
Por ALTAGRACIA PAULINO
Es una lástima que alguien deba morir para que reaccionemos, pese a que la realidad, triste o no, la tengamos en la cara y que por cruda y sistemática hayamos perdido la capacidad de asombrarnos.
Los fines de semana de cada mes, en lo que va del año suman 262 los niños muertos en el Robert Reid Cabral. La tasa más alta ocurrió en junio con 38, siguiendo en julio con 37, pero enero registró 31, en agosto hubo 29, en septiembre 21 y el primer fin de semana de octubre murieron los once que pusieron en “shock” a nuestro presidente y que lo hizo reaccionar.
El periódico El Día público el miércoles 8 los números tristes y fríos acompañado con un cuadro tétrico las cifras de las muertes que ocurrieron en lo que va del año en ese hospital, y que al escuchar a algunos como para justificar que eso era normal los fines de semana, aparecieron los números que indican que ciertamente los fines de semana mueren muchos niños y, en el cuadro figura lo que pasa en el Robert Reid, no así los demás centros hospitalarios, incluyendo los privados.
La constancia sistemática como lo muestra el cuadro es para pensar qué está pasando en nuestro sistema de salud, cómo es posible que mueran tantos niños en un país donde se supone que la mortalidad infantil ha bajado.
Lo ocurrido es para dedicarse en sesión permanente a estudiar con fines resolutivo que estas cosas no vuelvan a ocurrir, por lo que debemos invocar la necesaria voluntad política para desenterrar las raíces del mal. Debemos revisar el sistema de salud, si se corresponde o no con los desafíos de un país que se ha dado por ley “Una Estrategia Nacional de Desarrollo”.
Por los hechos prácticos conocidos la estructura del sistema está completamente obsoleta, se corresponde a 50 años de atraso, donde los médicos no viven con la dignidad que se requiere y compiten en un mercado voraz donde las posibilidades ni son para los médicos y mucho menos para sus pacientes.
Un médico de un hospital público, que solo dependa del salario de Salud Pública, anda a pie, a merced de otro sistema deficiente como lo es el transporte, y aunque esto no justifica que dejen morir a los pacientes, es parte del sistema cruel de salud que padecemos y que afecta a los más desposeídos.
El sistema de salud de este país de verdad que está grave, por lo que las muertes previsibles deben evitarse insertando en el mismo los principios y valores de la justicia social, la equidad y el mandato hipocrático cuyo o objetivo es la vida del paciente antes que cualquier suma de dinero.
No firmé (por si las moscas)
Por JUAN T H
Algunas bocinas han afirmado que firme un acuerdo de conciliación con Félix Bautista donde me “arrodillo y le pido perdón”. Un “comunicador” fue más lejos al decir que tenía en sus manos el documento de marras y que estaba dispuesto a entregárselo a todo el que lo quisiera. Pues no. No es verdad. No firmé.
He recibido –y esto si es verdad- algunas ofertas para en encuentro “amistoso” con el señor Bautista en la residencia de un amigo común, pero me he negado. He recibido, de igual modo, documentos para “un arreglo amistoso” que no he firmado, ni firmaré nunca. El último me pareció una falta de respeto tan grande que me indigne: “Dígale a ese señor que ese documento no lo firmo ni muerto, que prefiero la cárcel o el suicidio, que se lo meta por el cu…”
Que lo sepa el pueblo, no diré si, donde dije no. No me retractaré, no pediré perdón, ni me arrodillaré ante los depredadores que envilecen y empobrecen al pueblo dominicano. Gente que no podía pagar un almuerzo en el comedor de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, el más barato del país, ahora exhiben, tras su paso por el Estado, fortunas que no pueden justificar.
Nadie, ni siquiera un mago, puede, de 547 mil pesos como único patrimonio, explicar una fortuna de miles y miles de millones de pesos luego de ocupar un cargo en el gobierno. (Si este fuera un país, no una porquería de país, de borrón y cuenta nueva, existiría una cárcel solo para corruptos)
Lo que he dicho sobre Félix Bautista lo ha dicho y lo sigue diciendo el pueblo en todas partes. No he hecho más que hacerme eco de la voz popular.
La demanda incoada en mi contra por Félix Bautista, exigiendo 50 millones de pesos, debe recorrer todas las instancias judiciales, incluyendo la Suprema Corte de Justicia, el Tribunal Constitucional y la Corte Interamericana de los Derechos Humanos, así como las organizaciones internacionales de periodistas.
No le temo a la condena de los jueces, muchos de los cuales le deben el cargo al señor Bautista, al igual que muchos de sus colegas del Senado donde ocupa la curul de San Juan de la Maguana. Si he de ir preso, iré. Orgulloso me sentiré de ir a la cárcel por primera vez en mi vida condenado por esa “justicia” y por Félix Bautista.
No le tuve miedo al régimen dictatorial y despótico de 12 años de Joaquín Balaguer con sus “incontrolables”, su “banda colorá”, sus calieses y generales apresando, torturando y matando jóvenes en todas las esquinas. Mucho menos le temeré a Leonel Fernández y sus secuaces, entre los que destaca su mano derecha, Félix Bautista.
No soy más valiente que nadie, al contrario, tengo miedo, pero no me retractaré, no firmaré ningún documento que lesione mi dignidad como periodista y ser humano. ¡Mis hijos no me verán de rodillas! ¡Mi pueblo tampoco! ¡Lo juro!
No tengo nada que hablar, ni nada que negociar con Leonel y Félix Bautista que no sea dejar sin efecto la demanda en mi contra, sin condición alguna. No estoy en venta.
Otra cosa: para callarme no basta con intentar sacarme de los medios de comunicación donde he laborado durante muchos años, como se ha estado haciendo. Con todo el dinero que tienen podrán cerrarme todas las puertas, pero no silenciarme porque hoy día las redes sociales y los demás espacios que ofrece la Internet, lo impedirán. Y si no puedo usarlos por una u otra razón, me iré en peregrinaje con un megáfono por todos los parques del país para denunciar la corrupción y el saqueo.
No aspiro a convertirme en otro mártir de la prensa, pero la única manera de silenciarme para siempre, es matándome. Es su única opción. Porque incluso desde la cárcel podrá decir y publicar, ya sea en el periódico El Nacional, donde laboro durante 30 años, o en los diarios digitales, mi verdad.
Civilización o barbarie (y, II)
Por ANDRÉS L. MATEO
Desde el punto de vista de la cultura el dilema de “civilización o barbarie” quedó liquidado hacia 1928, con el libro de Pedro Henríquez Ureña “Seis ensayos en busca de nuestra expresión”. Este libro hurga críticamente todas las interpretaciones que han pretendido explicar la especificidad del mundo americano, a partir de las mortificaciones teóricas de la llamada generación de 1837, como ya hemos visto en el artículo anterior; y recupera uniendo los despojos de esas teorías, una “otredad” que no es el resultado de la simple suma de sus partes.
Antes, José Martí había lapidado el falso dilema, con aquella expresión fulminante de que “En América no hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza”.
El falso dilema pasó a la ideología, y a la práctica política. En la República Dominicana tuvo un desenlace sensacional, puesto que matrimonió un pensamiento idealista con otro racionalista. La base de la formación intelectual dominicana desde finales del siglo XIX era el pensamiento de Eugenio María de Hostos. Distanciado por su carácter de todo tipo de especulación ideal, el hostosianismo se convertirá en la única propuesta que encarna un pensamiento de regeneración social completo en la historia dominicana. Desde la plataforma de la moral social que el hostosianismo pregonó, sin embargo; sus encontronazos con la sórdida actividad política y el partidarismo alcanzó la estatura de martirologio. Hostos huyó despavorido, frente a las atrocidades de la dictadura de Lilís. El normalismo hostosiano positivista y su expresión política liberal se replegaron, y en estas condiciones llega a la República Dominicana el libro “Ariel”, de José Enrique Rodó, en el 1901.
Contrario al fundamento racionalista del pensamiento positivista, el arielismo descansaba en la especulación ideal. Pero a partir de la propia frustración positivista, las condiciones no pudieron ser más favorables para que se regara como pólvora el nuevo lenguaje de la renovación que traía la prédica arielista de Rodó. Esos aires envolvieron a todo el mundo. Muchos hostosianos miraron con ojos lánguidos hacia el arielismo. Y lo curioso es que esas andanzas, teñidas por el martirio de la inadaptación entre práctica política e idealidad, culminarán como plataforma ideológica del trujillismo. Porque eso que se llamó “Ideología del progreso”, variable del falso dilema de “Civilización o barbarie”, añadía el componente despótico que el trujillismo acarreaba consigo, y matizaba las desventuras del pensamiento dominicano. Son los pensadores hostosianos y el conglomerado de arielistas pánfilos, quienes armarán el endeble andamiaje de la ideología trujillista, e instrumentalizarán la contraposición entre “civilización y barbarie”.
Es por eso que uno se sorprende de que un hombre como Leonel Fernández nos retrotraiga a una confrontación decimonónica, que era por demás fuegos artificiales de ideólogos del humanismo racista; y ni todas las máscaras del carnaval alcanzan para ocultar el cinismo que envuelve invocar “civilización o barbarie” como una coyuntura de la República Dominicana, en la cual él, Leonel Fernández, personifica la civilización. Trujillo se pintó como la “civilización” en acto, todo su despliegue en la historia esgrimió lo “moderno” para justificar su dominio absoluto del poder. Desde entonces, cada intento de implantación despótica, sin importar la modalidad, se define a sí mismo como lo “civilizado”. ¿Puede un gobernante como Leonel Fernández ser el “civilizado”? ¿Hay en su despliegue como gobernante algo que lo defina como “civilizador”? ¿Es suficiente un Metro, un Presidente viajero que se tongonea con grandes personalidades extranjeras, y consume millones y millones de dólares en su propia promoción en el mundo? ¿Es la “civilización” un gobernante que emplea la corrupción como cemento invisible de su liderazgo? ¿Civilizado es un gobernante que propicia un déficit fiscal descomunal, y deja en la intemperie a su pueblo únicamente para satisfacer su ego, su amor demencial al poder?
Cuando escuché en boca de Leonel Fernández esgrimir este tema, pensé en un estudio de Arthur Schopenhauer sobre la ética kantiana, en el cual el gran pensador alemán dice de manera categórica lo siguiente: “La única base de la moral es la compasión por el sufrimiento de los demás”. Y eso es lo que el “modernizador” no tiene. Sólo su actitud despreciativa hacia su propio pueblo explicaría que, de existir una confrontación semejante, él encarnaría la civilización, y los demás la barbarie.
Ni todas las máscaras del carnaval alcanzan para ocultar el cinismo de refugiarse en ese falso dilema de civilización o barbarie.

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