Civilización o barbarie (I)
Por ANDRES L. MATEO
El tema es tan antiguo como el mismo proceso de “descubrimiento”, conquista y colonización, que acompañó el despliegue de la cultura occidental en el mundo americano. Fue, incluso, la base ideológica del despojo. Y sobrevivió en la cultura, y justificó el resurgimiento de la esclavitud como modo de producción que era un sistema agotado en la sociedad europea. Y permitió la condena de las creencias del “otro”, partiendo de ese binarismo sustancial que enfrentaba la “civilización” a la “barbarie”. Para aplacar las angustias del filisteo, el mundo europeo creó el estereotipo del “otro”, el bárbaro; frente a la sublimización de sí mismo como el “civilizado”, el portador de la luz y los saberes. Fue encaramado en ese presupuesto que el mundo “civilizado” justificó todo el exterminio en América.
Hay una enorme bibliografía sobre este tema que es imposible agotar en esta pequeña serie temática, pero quienes quieran ilustrarse sobre este antiquísimo debate del mundo americano pueden leer a Roberto Fernández Retamar, quizás el tratadista contemporáneo que más profundamente ha agotado el tema. En la Universidad de La Habana yo fui asistente de aula del profesor Retamar, y conozco en profundidad los enormes retos intelectuales que confrontó para tejer minuciosamente esa tupida red de ideas con las cuales desbrozó el camino a la comprensión de ese falso dilema, situándolo en el plano de la falsa conciencia (ideología), necesario para llevar a cabo todo el proyecto colonizador.
Pero tanto en el nivel del debate de lo político, como en la especificidad de la cultura del mundo americano, la formulación conflictiva de la falsa dicotomía entre civilización y barbarie, se hizo dilema intelectual y político con los artículos publicados en el 1845 por Domingo Faustino Sarmiento, en los cuales se pretendía, partiendo de una caracterización de Juan Facundo Quiroga, esculpir un arquetipo del “bárbaro” en la práctica de la política argentina. En realidad, las ideas de Sarmiento apuntaban hacia el dictador Juan Manuel Rosas, quien en esos momentos oprimía a la Argentina. Incluso antes de Sarmiento, el romanticismo argentino había diseñado en la figura de Juan Manuel Rosas al típico personaje político de la barbarie, representado en aquel cuento de Esteban Echeverria titulado “El matadero”. Cuando Sarmiento escribió ese libro tan celebrado, “Facundo”, vivía en Chile su segundo exilio; y fue esa puntillosa descripción de opuestos: civilización contra barbarie, ciudad contra campo, la forma de vida del gaucho contra la forma de habitar las ciudades, el poncho contra el frac, etc; la que estructuraría ese falso dilema que recorrería el continente como ideología, práctica política y debate intelectual.
No existe en América un tema que se haya metamorfoseado tanto en el campo político como ése de la confrontación entre civilización y barbarie. Ni ningún otro que se haya convertido tan extensamente en un tema instrumental para justificar la opresión. Los dictadores de nuestras naciones lo usaron como programa, haciendo ver que estaban habitados por un Dios, y portaban la luz de la civilización. Situar al país ante la disyuntiva de “civilización o barbarie” es como acceder al panteón del viaje, porque es desplegar un humor ofensivo que hace renacer sin cesar en nuestra historia la figura del dictador y del mesías. Lilís fue “el civilizador”, Mon Cáceres pujaba lo moderno como un valor fiduciario de la mano dura, Eladio Victoria “no comía pendejá” con las ciudades, Trujillo era el progreso en acto, y fundió arielismo y hostosianismo para construir la ideología del progreso, Balaguer era “tan lánguido tan leve y tan sublime” con el concepto de civilización, que sus crímenes quedaban justificados sólo por eso. Ahora entramos en una nueva etapa: Leonel Fernández quiere vender su regreso al poder invocando ese falso dilema de “civilización o barbarie” que, como hemos visto, ha cabalgado en la historia americana para encubrir la opresión y el despojo.
Yo sé que Leonel Fernández naufraga como político en el espesor de la palabra que arroja ante el auditorio pretendiendo encantar para volver al poder, y que confunde la vida con la nerviosidad. Pero la realidad no es exactamente equivalente a sus buenos logros verbales, y hacernos creer que él es la civilización y todos los demás la barbarie, es por lo menos creerse que él habita en las regiones de una humanidad superior, y que los demás no tenemos memoria. Ese dilema tiene, además, una particular aventura entre nosotros que veremos transcurrir en el próximo artículo.
¿Convención? ¡SÍ! ¿Encuesta? ¡No!
Por JUAN T H
Un partido de masas, como lo es el Revolucionario Moderno, que surge de la más vieja escuela democrática del país, como lo fue la del Partido Revolucionario Dominicano, no puede, bajo ningún concepto, escoger su candidato a la presidencia de la República mediante una o varias encuestas. Es absurdo, inaceptable, impropio y enajenante.
No puede ser “moderno” un partido que no acuda a sus bases para que decidan, mediante el voto universal, libre y soberano, quién debe ser el candidato o la candidata a la presidencia de la República.
Hasta donde tengo entendido todos los partidos democráticos del mundo escogen a sus candidatos mediantes convenciones o primarias donde sus bases soberanamente los eligen. Así lo establecen las leyes y las Constituciones de todos los países. Así lo establecen de igual modo los estatutos o reglamentos internos.
Nuestra Carta Magna señala, con toda claridad, que los ciudadanos tienen derecho a “elegir y ser elegibles para los cargos que establece la Constitución”. En consecuencia, ninguna encuesta, no importa cómo se llame la firma, si es nacional o extranjera, puede, en buen derecho, tomar una decisión que le compete al ciudadano. Sería inconstitucional.
La ley electoral, igualmente, es clara sobre el particular. Los estatutos, de todos los partidos del país, les confieren la potestad a los militantes de elegir a sus candidatos. Todos los proyectos de ley de partidos, incluyendo el más atrasado que es el del partido de gobierno, coinciden en la realización de primarias o convenciones para elegir a sus autoridades y a los candidatos. (En ningún lugar se habla de encuestas para esos fines)
Una encuesta no es más que un instrumento de trabajo, una fotografía de un instante, razón por la cual los partidos, las empresas, los gobiernos, los medios de comunicación, la ordenan periódicamente. Porque lo que hoy es, mañana puede no serlo.
¿Cuántos candidatos y partidos no han estado delante en las encuestas y terminan perdiendo? ¿Acaso Hipólito Mejía no arrancó primero en las encuestas y luego, por las razones que todos sabemos, “perdió” las elecciones? El caso más reciente es de Brasil. En las encuestas se disputaban la primacía la presidente Dilma Rousseff y la socialista Marina Silva. ¿Qué pasó? La señora Silva quedó en tercer lugar, sin posibilidad de alcanzar la presidencia del coloso del Sur.
Otro ejempl Las encuestas les daban a Hipólito Mejía un dos por ciento contra un 98 de Miguel Vargas. Sin embargo Hipólito se impuso “mucho a poco”.
Como puede verse, las encuestas o sondeos no pueden “decidir” un candidato. Esa potestad le corresponde, única y exclusivamente, a la gente. Proponer que sea un sondeo quién determine la persona que ostente la candidatura, reitero, no es sensato, ni legal. No es propio de un demócrata. Solo un troglodita, dictador en potencia, como Miguel Vargas pudo hacer lo que hizo en el PRD, que violando la Constitución, las leyes, los estatutos de su partido, y haciendo fraude, se impuso como presidente y candidato.
En el PRM eso no puede suceder. Unas de las razones que motivaron la división fueron justamente actitudes como las del traidor Miguel Vargas. El PRM debe ser la contraparte, la antítesis del PRD de Miguel Vargas.
Los que en el PRM están planteando que el candidato sea seleccionado por medio de encuestas están locos o están imitando a Miguel Vargas. Un partido moderno tiene que actuar como su nombre lo indica. Tiene que negar el pasado reciente del PRD y demás partidos tradicionales; tiene que diferenciarse de todos en sus acciones cotidianas. Es por eso que dig ¡Convención, si, encuestas, no!
¡Que la democracia comience en casa!

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