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OPINIONES:


Leonel Fernández a contracorriente
Por varios años, Leonel Fernández tuvo un inmenso poder y dominó el escenario político dominicano. De 1996 al 2000, Joaquín Balaguer lo dejó gobernar tranquilo. Cuando regresó a la Presidencia en el 2004, el país estaba económica y políticamente desolado, y la oposición colapsando. Poco después, la economía comenzó a crecer, el grupo gobernante a concentrar riqueza, y la oposición partidaria a auto-aniquilarse. Cuando faltaba un empujón para que la oposición cayera, Fernández se lo daba.
Con tantísimo poder, Leonel Fernández se embarcó en la reforma constitucional que culminó con la promulgación de la nueva Constitución el 26 de enero de 2010.
Para ser breve, el nuevo texto constitucional tenía tres objetivos principales. Primero, eliminar el “nunca jamás” para que Fernández pudiera repostularse. Segundo, satisfacer la ultra derecha, soporte clave del leonelismo, en la restricción de derechos de ciudadanía a descendientes de inmigrantes y derechos reproductivos de las mujeres. No por casualidad éstos han sido los temas constitucionales de mayores conflictos sociales, durante la reforma con el Artículo 30 y en el último año con la Sentencia TC 168-13. Tercero, crear un andamiaje jurídico-institucional con las altas cortes que permitiera a Fernández y a la ultra derecha dominar la agenda política y controlar los resortes del poder aún desde fuera de la Presidencia.
Por su formación política, oratoria y experiencia de Estado, Leonel Fernández se presentó, y así lo vio un amplio segmento de la población, como el líder de primacía del PLD y del país. En ese contexto, Fernández y sus seguidores vieron la salida de la Presidencia en el 2012 como un receso temporal obligado porque no era factible cambiar tan rápidamente la Constitución.
En meses recientes, los vientos favorables que Fernández anunció para su candidatura presidencial en el 2016 se han dilatado en llegar por lo siguiente:
Primero, el poder es relacional, no infinito. Cuando Danilo Medina asumió la Presidencia, Fernández tenía que retirarse. Se resistió, y se convirtió en el foco del descontento que generó el aumento de impuestos a fines de 2012. Habiendo sido Presidente por ocho años, ¿a quién culpar del déficit? Danilo salió ileso y victimizado, Leonel atacado, disminuido y atormentado. De eso nunca se ha recuperado.
Segundo, durante el 2004-2012, el Presupuesto Nacional se infló, la deuda pública aumentó, y las grandes obras de construcción sirvieron de soporte político. En un país sin controles efectivos en la administración pública, ese fue el botín de enriquecimiento de la cúpula política. En países de alta corrupción y alta impunidad como República Dominicana, la corrupción es de dominio público, y sólo genera vendavales cuando hay fuertes clivajes en los altos estamentos de poder. La magnitud de estos clivajes quedará pronto develada según avance, se estanque o caiga el expediente de Félix Bautista. Mientras tanto, Leonel Fernández está en el ojo del huracán de la corrupción junto a sus cercanos colaboradores.
Tercero, los danilistas y todos los aspirantes presidenciales del PLD saben que el león a domar es Leonel Fernández. El altísimo nivel de aprobación de Danilo Medina derrumbó la idea de que en el PLD o en el país hay un solo líder. Los danilistas se sienten empoderados y no quieren ceder tan fácilmente. Los demás aspirantes saben que para poder competir tienen que debilitar a Fernández. En fin, el PLD que fuera devoto de su líder se fragmenta ahora en adhesiones.
Ante estos obstáculos, Fernández va a contracorriente con sus aspiraciones presidenciales. En vez de resguardarse y recalibrar, se expone y repite errores. Y eso, que la oposición partidaria está en el suelo.

Biografía del testaferrato
Por ANDRES L. MATEO
El rentismo y el clientelismo nacieron con la fundación de la república. Son prácticas históricamente reiteradas en la sociedad dominicana. Pero mientras el ejercicio clientelar usa los recursos del Estado para obtener beneficios políticos, el rentismo se atiene a las características más resaltantes de la inversión capitalista, cuya naturaleza es la reproducción rápida de lo invertido. Rentismo y clientelismo son afines a todos los partidos políticos que han gobernado en la era pos Trujillo.
El clientelismo propicia la inmovilidad social y almacena favores con fondos públicos (Margarita Cedeño con dos gruesas lágrimas, mientras entrega medicina comprada con dinero de todos a un niño con cáncer), que serán luego capital político; en el rentismo no hay idealismo posible porque es una transacción en la que un empresario invierte en un candidato con probabilidades de triunfo, para luego obtener contratos y otros privilegios de carácter comercial. Muchas de las fortunas tradicionales dominicanas florecieron al amparo del poder tutelar de una figura política, cuya financiación esos capitales apoyaron. Santana era él y sus compadres finqueros, Báez no se puede desligar de la industria maderera, Jiménez se expandía favoreciendo a sus amigos comerciantes, y a los gobiernos de Ulises Heureaux se vinculan ilustres prosapias del parnaso empresarial actual.
El rentismo y el clientelismo son formas de corrupción; pero lo que hemos vivido a partir de los gobiernos del presidente Leonel Fernández es el fenómeno de la hipercorrupción. La hipercorrupción es una práctica típica del leonelismo, y se evidencia en los montos de la acumulación originaria, en los niveles de reinversión del capital proveniente de la corrupción. Puede hacer brotar fortunas insólitas en sociedades que tienen un PIB muy modesto, dejando boquiabiertos al mundo. Es una maquinaria indolente de exacción del Estado. Se trata de un salto cualitativo de la concepción patrimonial del Estado. Para que la hipercorrupción opere es necesario, además, transformar la naturaleza política de un partido en el poder, y convertirla en ariete económico. Únicamente la expoliación del Estado sin ningún miramiento puede conducir a la formación de fortunas tan exageradas en poco tiempo. Y es imprescindible para ello, también, por el altísimo volumen de capital acumulado, la aparición del fenómeno del testaferrato.
Una lectura de las 412 páginas del expediente del Procurador General de la República contra el senador Félix Bautista, hace mención en por lo menos cuarenta veces de la figura del testaferro. El testaferro viene a ser un significante fundamental de todo el entramado de corrupción erigido. Un testaferro alquila o empeña su identidad, presta su nombre y sustituye al mandante. En términos simples, el testaferro permite encubrir al corrupto y facilita evadir el delito. Dado el hecho de que la hipercorrupción genera fortunas descomunales que no pueden ser justificadas, el testaferrato brota de manera natural. En “Bahía de las Águilas” un poco más del cincuenta por ciento de los “adquirientes” son testaferros, los apartamentos que repartió el INVI en la avenida Luperón eluden nombrar los verdaderos beneficiarios designando testaferros.
En las obras de construcción del Metro los dueños de muchas de las empresas que venden bienes y servicios son testaferros. Las concesiones y contratos muchas veces se escamotean con testaferros. Y no hay como las empresas de construcción cuyas personerías en esta labor de enmascaramiento, dada la cantidad de dinero que se maneja, alcanza variadas triquiñuelas jurídicas. La hipercorrupción en acto germina muy variadas maneras de aparición del testaferro. Como fenómeno, en cualquier sociedad que se presente, se hermana de inmediato con el testaferrato.
El caso es que la hipercorrupción practicada en el país en los últimos diez años ha generado la proliferación del testaferrato. Y aunque el daño económico alcanza cifras astronómicas contra el país, el perjuicio moral en la sociedad no se puede expresar en ningún valor material.
El pensamiento se hace de las cosas miradas-decía un pensador-; basta mirar a nuestro alrededor para intuir que el testaferrato convive de manera natural con nosotros, y es por eso que aparece como la figura predominante en el sometimiento del Procurador. Tanto es así, que si a los testaferros los obligaran a llevar máscaras, este país fuera un baile de disfraces.

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