Por ANA JOSEFA GIL
Urge que el presidente Danilo asuma poner fin al desasosiego al que han sido sometidos algunos ciudadanos; tras la transgresión que ha provocado la Sentencia 168-13 del Tribunal Constitucional, con la que vienen arrastrando el país a un derrotismo frente a la comunidad internacional.
Lamentamos que esa campaña de odio y agitación implacable provocada por sectores rancios y codiciosos deriven en retorcer los buenos designios, que el pueblo percibe en torno al presidente de la república.
Por tal razón, ante la manipulación e incidencia de intereses mezquinos, no debemos confundirnos; ni permitir que los haitianos(as) nacidos(as) aquí bajo condiciones de solidaridad humanitaria adquieran nacionalidad dominicana: ¡Bajo ninguna circunstancia!
Pero tampoco que se violen los derechos humanos de los(as) dominicanos(as); cualesquiera sea su ascendencia, a quienes corresponde la nacionalidad automática por Jus Solis, adquiridos con anterioridad a la Constitución 2010.
Mucho menos, que hagan del pueblo haitiano nuestro enemigo, el cual; sin lugar a dudas, sirve de sostén a los procesos de producción del país: ¡qué sería de la industria azucarera, de la construcción y de la agricultura sin esos gladiadores haitianos!
Pero menos podemos consentir que se afecte el mercado bilateral dominico-haitiano, ni ningún otro mercado o relación internacional; o que se impida el contacto cultural de dos grupos socioculturales diferentes, lo que en definitiva no es negativo; bien vendría a los dominicanos dominar el creole y el francés.
Valga recordar y comparar que en Argentina, cuando se llenó de inmigrantes europeos en los inicios del Siglo XX, el Tango jugó un papel estelar para unir una sociedad que de repente se encontró frente a una mezcla de culturas e idiomas: aquí han pretendido inducirnos a lo mismo con una canción, que no es más que un instrumento de transculturización.
Es tiempo de entender que el verdadero peligro para la República Dominicana frente a Haití radica en compartir la isla con ese estado fallido: ¿acaso no huye todo ser humano cuando en su propia tierra pretenden achicharrarlo?
Pero tal amenaza no es sólo para esta nación; también para los EEUU y otros países cercanos que tendrían que impedir el éxodo de los haitianos en yolas hasta sus costas…
No perdamos de vista que ante dicha amenaza, las Fuerzas Armadas Dominicanas tienen como papel fundamental defender la soberanía nacional protegiendo principalmente la frontera terrestre con Haití.
Sin temor a equivocarme; es absurdo lo que se deriva de esa campaña de desquiciamiento, impericia y desprecio que han desatado contra los hijos de extranjeros ilegales, nacidos en suelo dominicano antes de la última modificación a la Carta Magna.
Aunque yo escapo a los efectos de esa anacrónica sentencia; practicando la empatía, tengo que reconocer que no fue hasta la Constitución del 26 de enero del 2010, cuando se expresó explícitamente que dentro de los exceptuados a obtener la nacionalidad dominicana se incluían a los(as) hijos(as) de quienes residan ilegalmente en territorio dominicano.
No debemos perder de vista que a pesar de que el territorio dominicano ha estado minado de ilegales haitianos, la Ley de Migración no ha sido llevada a la práctica de forma adecuada, ni se ha montado guardia suficiente y necesaria para repatriarlos: esa era la forma de evitar lo que hoy se ha querido enmendar con esa atribalaria sentencia.
Por supuesto que ante la incompetencia de las autoridades dominicanas, no falta quienes pretenden aprovecharse de la generosidad de este pueblo pero en defensa del mismo se pronunció, en el año 2005, La Suprema Corte de Justicia, en torno a los alumbramientos en los hospitales dominicanos de las haitianas no residentes; traídas por ONGs: ¡Esos nacidos aquí no son dominicanos(as)!
Ahora, apremia que el presidente Danilo procure la macana de la cacica Anacaona, para lograr los mecanismos legales que permitan la equidad y la justicia, e impida que los roedores amparados en los estamentos de poder y en ONGs disminuyan la estatura de la nación dominicana.

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