Por JOSE CARVAJAL
Ante tantas advertencias y consejos de por medio, he llevado a cabo el ejercicio de preparar una lista de potenciales agresores, conspiradores, o posibles contratantes de sicarios que podrían atentar contra mí por el cuestionamiento que hago en algunos de mis artículos, y se la entregué a dos generales y otros oficiales castrenses, policiales y judiciales que tengo en la familia. De modo que aunque en mi círculo hay armas que protegen la integridad física, y palabras que defienden el derecho de la libre expresión, nunca se sabe.
Lo triste, sin embargo, es que en la lista que he preparado hay antiguos amigos y más funcionarios de Cultura que de cualquier otro sector público; yo por supuesto, aunque no me siento directamente amenazado, y como ciudadano también de Estados Unidos, además de dominicano, enviaré esos nombres a ciertos organismos de Washington, a organizaciones internacionales, a compañeros prominentes de la literatura hispanoamericana y a medios de comunicación extranjeros.
Quizá debo confesar que hasta hoy ignoré que tenía a la mano tantos elementos para proteger mi integridad sin que sea necesario ponerme un chaleco antibalas ni portar un arma en el cinto. Pero aclaro que no me voy a permitir desarrollar la paranoia del que se cree perseguido o vigilado. Siempre escribo bajo la premisa de que un periodista, un escritor, vive a partir de la palabra, y muere por la palabra. De lo contrario, no vale la pena el oficio.
La literatura y el buen periodismo son los reflectores de los callejones oscuros. Nadie que tenga la virtud de poseer un foco debe apagarlo, por más intimidante que parezcan la noche y sus fantasmas. Además, ¿quién dijo que las amenazas, las golpizas, los asesinatos de periodistas o desapariciones de escritores que cuestionan el Poder, terminan acallando el discurso de estos?
En República Dominicana el mejor ejemplo es el de Orlando Martínez, cuya presencia se mantiene en la memoria de su pueblo a pesar de que esbirros de Joaquín Balaguer lo asesinaron en 1975 por su famosa e incómoda columna Microscopio. Lo mismo ocurre con su paralelo argentino Rodolfo Walsh, asesinado también por fuerzas castrenses en 1977 y autor de la serie de reportajes “Operación Masacre”, hoy reunida en un libro y convertida en un clásico del periodismo latinoamericano.
Decir lo que pone al descubierto la ambición y los excesos de los lacayos del Poder es siempre un riesgo y un desafío a la acción de los mediocres y cobardes. En Dominicana hay más ejemplos de víctimas de esa mediocridad y cobardía, como la desaparición del profesor universitario Narciso González, un caso que también tiene paralelo argentino en el maestro de escuela y escritor Haroldo Conti, secuestrado por militares en 1976. En Nicaragua uno de los asesinatos más célebres del decenio de los setenta sigue siendo el del director del diario La Prensa, Pedro Joaquín Chamorro, cuya viuda Violeta Barrios de Chamorro se convirtió años más tarde en presidenta de ese país. Son muchos los ejemplos que me vienen a la memoria y que no menciono por cuestión de espacio.
En definitiva, creo que no debería ser difícil entender que un periodista sabe que vive a plazos, como diría el escritor judío Isaac Goldemberg, un amigo de la diáspora peruana cuya obra ha sido elogiada por Mario Vargas Llosa. Lo demás es teatro. El telón no baja completo con la muerte; siempre queda una brecha, una rendija, por donde se cuelan la luz y la justicia; y al final los cobardes terminan pagando el error de atentar o de silenciar las voces de su conciencia.

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