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Opiniones



Jóvenes al magisterio
Por ROSARIO ESPINAL
La decisión del presidente Danilo Medina de cumplir con la Ley General de Educación al destinar el 4% del PIB ha sido uno de los pilares de su popularidad. Aunque se crea lo contrario, cumplir con la ley y con la palabra produce admiración y confianza.
Durante más de un año, el tema dominante fue la construcción de escuelas. En un país que depende de la construcción pública para la circulación de dinero y la creación de empleos, la dilación generó ansiedad y controversia. Ya encaminados los proyectos de construcción, se firmó el Pacto por la Educación con un gran listado de acuerdos y propósitos.
Lo que hay que hacer, y bien, para mejorar la educación se puede resumir en cinco puntos:
Primero, tener suficientes escuelas bien construidas, con aulas disponibles para la cantidad de estudiantes, limpias y equipadas; y que los maestros, estudiantes y administradores sepan que es su deber mantenerlas en buen estado. De nada sirve construir para rápidamente desbaratar. Las escuelas son un bien público que todos debemos proteger. Para lograr ese objetivo hay que educar a los administradores, a los maestros y a los estudiantes, de manera que vean la escuela como suya y reconozcan su valor.
Segundo, mejorar las condiciones de trabajo de los maestros y también requerir el cumplimiento de sus obligaciones. Hay que conjugar derechos y deberes. Para lograr ese objetivo, la ADP no puede ser un simple sindicato que cancela clases o cierra escuelas por cualquier paja en el ojo, ni tampoco puede ser un apéndice de partidos como ha sido casi siempre. La ADP debe funcionar como una asociación profesional que lucha por el bienestar de sus miembros, pero también asume con responsabilidad y dignidad la misión de educar.
Tercero, mejorar la calidad de los maestros. De nada sirve construir escuelas y extender las tantas si los maestros no están bien calificados para enseñar. Más horas no se traducirá en aprendizaje. Los estudiantes se aburrirán y un grupo de niños o jóvenes aburridos es caldo de cultivo para las travesuras. La formación de maestros no sólo consiste en que hagan una licenciatura o postgrado, sino también en llevarles entrenamiento sistemático a las mismas escuelas.
Cuarto,  contratar más maestros. Esto es necesario por dos razones: una, reducir el número de estudiantes por maestro en las clases ya que está comprobado que la enseñanza en grupos pequeños de estudiantes es más efectiva que en grupos grandes; y dos, traer sangre nueva al sistema. El Ministerio de Educación debe establecer un programa especial de contratación de maestros jóvenes recién graduados de las universidades en distintas áreas (no sólo licenciados en educación), para motivarlos a que ingresen al magisterio. Aunque los jóvenes carecen de experiencia, compensa su energía y los nuevos conocimientos, incluida mayor destreza tecnológica. Este programa especial podría denominarse “Jóvenes al magisterio”.
Quinto, un sistema educativo sin una efectiva incorporación de los padres difícilmente tenga éxito. La mayoría de los estudiantes dominicanos del sistema público vienen de familias de escasos recursos y viven en barrios expuestos a múltiples problemas de violencia, criminalidad y vicios. Los padres también necesitan educación.
Las escuelas dominicanas tienen que convertirse en centros comunitarios positivos para compensar parcialmente por las influencias negativas que circundan a muchos jóvenes. Estas escuelas no pueden ser solamente instituciones de transmisión de conocimientos académicos, sino también espacios de civismo, cooperación y apoyo.
Las escuelas son un microcosmo de la sociedad y querer que ellas se conviertan en motor de transformación positivo es vital pero difícil. Se necesita sangre nueva y buena para enfrentar los desafíos.

Fulgurazos
Por ANDRES L. MATEO
UNO
Ya uno no sabe cómo encontrar una especie de punto de apoyo para resistir a las tesis que nos llevan a la desesperación, y que nos dicen que todo aquello en que hemos creído es imposible. ¿Es que no podemos vivir en un régimen que respete las leyes propias de la democracia, y en el cual las instituciones sean un soporte diáfano de la convivencia?
Lo del Congreso de la República Dominicana no es ni siquiera una contravención a los buenos usos del marco institucional, porque su frecuencia y naturalidad indican que no son anomalías, sino una ideología que juzga como un patrimonio propio los bienes públicos que se administran. ¿En qué país del mundo se concibe un Congreso que legisle para su propio beneficio, que se auto asigne “barrilitos”, “cofrecitos”, salarios astronómicos, dietas, cuotas por asistencia a sesiones de comisión, pago de compensaciones, dos exoneraciones al año de vehículos, combustibles, viajes, asignaciones especiales los días de la madre, del padre, pascuas de navidad, año nuevo, días de Reyes, días de las secretarias, Semana Santa, y un largo etcétera?
El mismo día que la prensa denunciaba que el barrilito de los Senadores se había tragado mil tres millones de pesos, y que los diputados habían gastado ciento setenta y seis millones para regalar el día de las madres, la prensa traía en sus primeras páginas la información de que en los hospitales del país no había ni siquiera un “baja lengua” para revisarle la garganta a los niños y adultos afectados por la chikungunya.
DOS
Si algo nos abruma en esta sociedad del simulacro, es la dramaturgia de la falsa filantropía. El dinero con el cual esos senadores y diputados se hacen pasar por filántropos proviene del aporte de los contribuyentes, de nuestros impuestos. Por eso estamos hartos de verlos justificar el “barrilito” o el “el cofrecito”, y de ver sus fotos en los medios fingiendo que les importan los pobres, los infelices de verdad, cuando en realidad lo que se hace es convertirlos en instrumentos de sus designios, y multiplicarlos. El clientelismo no solo es una fábrica de pobres, sino que sobre todo es una negación de derechos.
¡Algún día este país aprenderá a despreciar a tantos falsos líderes, que lo que hacen es agudizar la miseria material y moral de la nación, en el mismo momento que fingen ser condolidos y piadosos con los cuartos del presupuesto!
TRES
¿No le bastaría a un país tan pequeño un parlamento unicameral? ¿No hemos vivido etapas de la historia nacional en las cuales no hemos tenido Senadores, por ejemplo? ¿Para qué tantos Senadores y Diputados? ¿Si suprimiéramos el Senado qué ocurriría en el aspecto institucional? ¿Qué ha aportado a la democracia, al fortalecimiento de la equidad, a la justicia, a la transparencia, al juego indispensable de la interactuación social, éste Senado y esta Cámara de diputados que no son más que sellos gomígrafos del Ejecutivo? ¿Qué dirían los clásicos del enciclopedismo, auscultando a unos legisladores que le imponen una carga impositiva a su propio país, sin despojarse ellos mismos del más mínimo de sus privilegios?
Históricamente este país no necesita un Senado, pero sobre todo un Senado como el que tenemos que es una vergüenza inimaginable de falta de gallardía y decoro en el cumplimiento de su función. Ahora que hablamos de austeridad, deberíamos tomar el toro por los cuernos, y plantearnos el reto de reducir esas instituciones ostentosas que no aportan nada, pero que nos cuestan una fortuna descomunal. ¿Para qué un Senado? ¿Para qué un grupo más de oportunistas que legislan para los demás, y excluyen sus privilegios de las leyes que dictan?
CUATRO
¿Ustedes se acuerdan de aquella propuesta de declarar un “Día de la comadre y el compadre” que introdujo un Senador ingenioso?
Si se hubiera aprobado estuviéramos más jodidos, porque de seguro que los diputados y senadores se hubieran asignado una suculenta partida del presupuesto nacional para celebrarlo cada año.
Como dicen los cubanos, “hay que tener gandinga”, para vivir en este país.

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