Desatinos de Hipólito y sandeces de Abinader
sociólogo y escritor. MELVIN MAÑON
Muchos son los que se hacen y me hacen las preguntas ¿qué y quienes representan al PRM?. ¿Seguirá creciendo?
En el PRM, suelo añadir, está Milagros, Ivelisse, Hugo, Tirso, Antonio y unos cuantos mas cuyas credenciales éticas son impecables, pero ese no es, ni ellos definen el PRM.
El oportunismo mediocre de Luis Abinader y las veleidades políticas de Hipólito Mejía son las que en verdad definen al PRM. Son ellos con su proselitismo extemporáneo, sus campañas mal trazadas e inoportunas, su falta de discurso y su complicidad, al menos por omisión, con el poder los que dibujan el cuadro que la sociedad dominicana se ha hecho -y retoca regularmente- de lo que es el PRM.
Son ellos los que aspiran al poder sin oponerse al estropicio actual, son ellos los que arrastran a un partido joven por un camino viejo, son ellos los que desvían las energías personalizándolas en lugar de concentrarlas en objetivos, son ellos los que, con su falta de iniciativas y determinación cualquierizan el partido en lugar de acentuar su diferenciación y son ellos, clara y categóricamente hablando, parte del problema no de la solución.
El PRM no va a desaparecer y como dije antes, seguirá creciendo porque hay mucha gente que simplemente no tiene donde ir; unos por oportunismo y otros por resignación apostarán a ese partido pero sin sueños ni ilusiones ni esperanzas de reivindicación o renovación moral.
PERSPECTIVAS
Como recipiente del descontento el PRM puede alojar gente pero, con esa jefatura, no es la entidad que tenga la visión, la decisión ni los hombres para derrotar un Danilo Medina rico, continuista e inescrupuloso.
Cuando me hablan de otros dirigentes del PRM digo lo mismo. Faride es muy buena diputada pero una golondrina no hace estación. Fafa es un luchador consagrado. Paliza es una promesa de un liderazgo renovado y con discurso, pero ni unos ni la otra gobiernan ni deciden. El PRM y los que allí se encuentran no gravitan en torno a estos dirigentes y tantos otros de mérito y/o potencial.
No, desgraciadamente, el PRM gira alrededor de los desatinos de Hipólito o las sandeces de Luis ninguno de los cuales parece advertir que su activismo tan personalizado como inoportuno los degrada a ellos mismos como dirigentes y denigra por completo el esfuerzo que dicen enarbolar.
Sería muy triste que Hugo, Milagros, Ivelisse o Tirso permanecieran en el PRM haciendo el papel que Bidó y otros han representado en el PLD: el de legitimadores de la canalla actual.
Hugo, Tirso y el propio Bidó fueron profesores míos en la escuela de sociología y en la UASD y está muy bien recordarlos, incluso a Bidó, pero sus propias carreras, su propio legado demanda algo más. Si alguien podría tener autoridad moral y política para detener las payasadas de uno y las irrelevancias del otro es precisamente este grupo. Mas vale romper ahora con la farsa que permanecer en ella a expensas de su propio prestigio y ganados méritos.
Háganse cargo del PRM y desautoricen esa gente. Si ustedes mismos se ponen a ver de cerca su situación encontrarán que tienen más cosas en común con el legado de Hatuey de las que tienen con la dirección efectiva del PRM.
jpm-am
Luchando contra un cáncer agresivo
periodista. CESAR MEDINA
Si alguien al llegar me hubiese preguntado qué deseaba en ese momento, habría respondido sin titubear: ¡Regresar a casa para morir tranquilo! En el avión-ambulancia en que viajé, propiedad de la compañía Helidosa, me acompañaron mis hijos Cesarito, Taína y José Carlos. Oscar se había adelantado a Miami en procura de otras opciones hospitalarias, y Cesarina y Maricielo volaban desde Florida y Hong Kong, respectivamente, donde residen.
Aún en condiciones de extrema debilidad, viajé en un asiento normal del avión –no encamillado ni asistido por oxígeno auxiliar, como se publicó allá–, aunque sí me acompañó una médico de vuelo para prevenir cualquier eventualidad provocada por la altura en cabina presurizada.
Al día siguiente, lunes 2 de octubre, mi estado de ánimo era fatal. Apenas me salía un chorrito de voz escasamente audible y muy difícil de entender, en evidencia de que la enfermedad –cual que fuera–, había tomado también la vía respiratoria y me afectaba ya la laringe y el diafragma.
…Pero a las 9:00 en punto estaba en el New York Presbyterian, junto a mis hijos, frente a una junta de médicos que previamente había evaluado las imágenes radiológicas que llevó mi doctor Víctor Atallah, que esperó mi llegada, y en gesto que jamás olvidaré me acompañó durante los días que duró este primer proceso de estudios inacabables hasta que, por fin, llegó el momento del diagnóstico definitivo.
¡Un carcinoma hepático!
El miércoles 4 de octubre volví a la junta médica encabezada por el doctor Paul G. Lee, director médico del Programa de Asistencia Hospitalaria del NY Presbyterian; la doctora Yvonne Saenger, oncóloga-genetista especialista en investigaciones sobre el origen del cáncer hepático a partir del ADN; el doctor Rafael Lantigua, una eminencia de la medicina interna y médico de cabecera del doctor Peña Gómez hasta el día de su muerte; estaban otros dos especialistas norteamericanos del laboratorio de investigación científica, y mi médico, el doctor Atallah, ampliamente conocido en el ejercicio de la medicina neoyorquina, donde estudió e hizo su especialidad en Cardiología.
Acorazado por mis hijos y la garantía de que me encontraba en las mejores manos, escuché sin alterarme el diagnóstico, igualmente ominoso pero que me abría una brecha para pelear por mi vida con la posibilidad de salir airoso si aportaba mi voluntad férrea y la esperanza en Dios…
Me aclararon tanto el doctor Lee como la doctora Saenger que se trata de un carcinoma excesivamente violento que extrañamente se había desarrollado con una condición poco común: indoloro, inexpresivo, callado y voraz… Es lo único que explica que se haya expandido tan rápido sin dar ninguna señal de su existencia y que en cuestión de días me haya sacado prácticamente de combate.
La buena noticia era que teníamos oportunidad de combatirlo, de ganarle años a la vida y hasta de eliminarlo completamente, con la ayuda de Dios y la ciencia… Por eso invoqué una oración por mi salud, que ha sido respondida con tanta nobleza y buena voluntad.
Las cosas van muy bien
Gracias a esas oraciones, a la acción acertada y rápida de los médicos y a mi decisión de plantarle cara a esta adversidad, las cosas han marchado muy bien: ayer recibí la tercera infusión de quimioterapia, y aunque sin cabellera luenga que ofrendarle a esta medicación milagrosa, ni siquiera se me ha caído uno solo de los escasos pelos que me quedan.
Mis pruebas analíticas marchan a la perfección: los valores sanguíneos no muestran riesgos, mis defensas siguen altas, el sistema cardiológico no ha sufrido alteración y mi tolerancia a la quimio no ha podido ser mejor.
¡Claro, es una lucha día a día que libro con dignidad. Y si la pierdo, quiero dejar constancia de mi verdad, paso a paso…!
JPM
periodista. CESAR MEDINA
Si alguien al llegar me hubiese preguntado qué deseaba en ese momento, habría respondido sin titubear: ¡Regresar a casa para morir tranquilo! En el avión-ambulancia en que viajé, propiedad de la compañía Helidosa, me acompañaron mis hijos Cesarito, Taína y José Carlos. Oscar se había adelantado a Miami en procura de otras opciones hospitalarias, y Cesarina y Maricielo volaban desde Florida y Hong Kong, respectivamente, donde residen.
Aún en condiciones de extrema debilidad, viajé en un asiento normal del avión –no encamillado ni asistido por oxígeno auxiliar, como se publicó allá–, aunque sí me acompañó una médico de vuelo para prevenir cualquier eventualidad provocada por la altura en cabina presurizada.
Al día siguiente, lunes 2 de octubre, mi estado de ánimo era fatal. Apenas me salía un chorrito de voz escasamente audible y muy difícil de entender, en evidencia de que la enfermedad –cual que fuera–, había tomado también la vía respiratoria y me afectaba ya la laringe y el diafragma.
…Pero a las 9:00 en punto estaba en el New York Presbyterian, junto a mis hijos, frente a una junta de médicos que previamente había evaluado las imágenes radiológicas que llevó mi doctor Víctor Atallah, que esperó mi llegada, y en gesto que jamás olvidaré me acompañó durante los días que duró este primer proceso de estudios inacabables hasta que, por fin, llegó el momento del diagnóstico definitivo.
¡Un carcinoma hepático!
El miércoles 4 de octubre volví a la junta médica encabezada por el doctor Paul G. Lee, director médico del Programa de Asistencia Hospitalaria del NY Presbyterian; la doctora Yvonne Saenger, oncóloga-genetista especialista en investigaciones sobre el origen del cáncer hepático a partir del ADN; el doctor Rafael Lantigua, una eminencia de la medicina interna y médico de cabecera del doctor Peña Gómez hasta el día de su muerte; estaban otros dos especialistas norteamericanos del laboratorio de investigación científica, y mi médico, el doctor Atallah, ampliamente conocido en el ejercicio de la medicina neoyorquina, donde estudió e hizo su especialidad en Cardiología.
Acorazado por mis hijos y la garantía de que me encontraba en las mejores manos, escuché sin alterarme el diagnóstico, igualmente ominoso pero que me abría una brecha para pelear por mi vida con la posibilidad de salir airoso si aportaba mi voluntad férrea y la esperanza en Dios…
Me aclararon tanto el doctor Lee como la doctora Saenger que se trata de un carcinoma excesivamente violento que extrañamente se había desarrollado con una condición poco común: indoloro, inexpresivo, callado y voraz… Es lo único que explica que se haya expandido tan rápido sin dar ninguna señal de su existencia y que en cuestión de días me haya sacado prácticamente de combate.
La buena noticia era que teníamos oportunidad de combatirlo, de ganarle años a la vida y hasta de eliminarlo completamente, con la ayuda de Dios y la ciencia… Por eso invoqué una oración por mi salud, que ha sido respondida con tanta nobleza y buena voluntad.
Las cosas van muy bien
Gracias a esas oraciones, a la acción acertada y rápida de los médicos y a mi decisión de plantarle cara a esta adversidad, las cosas han marchado muy bien: ayer recibí la tercera infusión de quimioterapia, y aunque sin cabellera luenga que ofrendarle a esta medicación milagrosa, ni siquiera se me ha caído uno solo de los escasos pelos que me quedan.
Mis pruebas analíticas marchan a la perfección: los valores sanguíneos no muestran riesgos, mis defensas siguen altas, el sistema cardiológico no ha sufrido alteración y mi tolerancia a la quimio no ha podido ser mejor.
¡Claro, es una lucha día a día que libro con dignidad. Y si la pierdo, quiero dejar constancia de mi verdad, paso a paso…!
JPM
Alvarito y el cáncer en el alma
El caso del comunicador Alvaro Arvelo hijo amerita un estudio sicosociológico bien profundo.
El anuncio este jueves de su renuncia del programa “El Gobierno de la Mañana” que produce la Z 101 así lo confirma.
Y aunque no es la primera vez que lo anuncia, pues ya una vez hizo saltar a sus ex compañeros Euri Cabral, Julio Martínez Pozo, Víctor Gómez Casanova y José Laluz por las mismas circunstancias, debo confesar que, aunque para muchos es una desgracia, para mí, y me imagino cientos de miles de oyentes, sería un gran alivio si ahora su salida se materializa.
Pues no es cierto que una persona que a diario vive insultando y maldiciendo a los seres humanos puede ser un ente de equilibrio para la sociedad.
Sentirse por encima de los demás, por encima de las leyes, del bien y del mal y ese ego de que nadie puede disentir de sus opiniones, son “cualidades” propias de un narcisista y enfermo del alma. Las razones que expuso para su renuncia así lo confirman. Ese “El o yo” es propio de una persona de ego perturbado a quien el éxito ajeno le lastima.
Además, exaltar la figura de Duarte, como lo hizo Andrés L. Mateo, no debe molestar a nadie y mucho menos a alguien que siempre esgrime un vocabulario soez en sus intentonas de mostrarse por encima de los demás, incluyendo eal Padre de la Patria, a quien sí irrespetó con sus pronunciamientos, quizás por la loa que a diario recibe el protagonista de nuestra independencia.
Recuerdo a uno de sus ex compañeros a quien insultó y hasta le recordó su madre hace un tiempo, quien dijo que le toleraba sus rabietas porque reconocía era un hombre mayor y enfermo de cáncer a quien hay que entender su situación y estado de ánimo.
No quise indagar mucho sobre su cáncer, pero recuerdo que un amigo me dijo una vez sobre una colega que, con ese padecimiento, también descargaba su rencor a la vida contra aquellos que se destacaban, que su cáncer no era de la cabeza sino del alma.
Ojalá ese no sea el caso de la “enciclopedia humana”. Esperemos.
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